Parte 3


No sé si podré soportar un día más sin estar bien con Héctor. Apenas quedan unas semanas para salir de cuentas, el bebé está aquí y le necesito aquí conmigo. Cuando estás sola es cuando realmente te das cuenta de qué es lo que necesitas y en qué has fallado. En mi caso ambas cosas coinciden. Ahora le llamaré y quedaré como una egoísta que se arrastra porque solo quiere un padre para su hijo. Pero no es así. El hecho de que haya desaparecido de mi vida, así, no es algo que sea nuevo para mí, normalmente todas las personas que conozco lo hacen, él no podía ser menos. Pero creo que volverá. Espero que vuelva, quiero que vuelva. Le necesito aquí con nosotros, conmigo. Hace dos días que no hablo con él y apenas tengo fuerzas para enfrentarme a ello. Pero aún así llamo, no puedo más.

Escucho sonar dos veces el maldito “pii” hasta que por fin contesta:

-¿SÍ?

-Hola, Héctor.

-Ali..-por lo menos aún me llama Ali, a lo mejor son solo parnoias mías-, ¿dónde te has metido estos días? Apenas he sabido de ti. -¿Yo?

-En casa descansando, ya sabes, a veces me dan esos malditos dolores de espalda y tengo que pasarme el día sentada.

-Seguro que estás agotada, ¿verdad?- maldito seas me has hecho reír.

-Sí, estoy agotada, necesitaría un masaje bien bueno, como esos que me dabas en los pies. Los echo mucho de menos, y a ti también.

Tardaba en responder, pero sabía que estaba ahí porque le escuchaba respirar. Finalmente:

-Yo también te echo de menos, Ali, echo de menos el principio de todo esto. cuando simplemente nos llamábamos para nada, cuando no hacía falta pedir disculpas, Ali, cuando todo era sencillo.

-Lo sé, y tampoco ha sido fácil todo esto para mí, cada vez me cuesta más, Héctor, hacer esto sola es difícil y más cuando no estás tú. Siempre has sido alguien muy importante para mí y mucho más este tiempo atrás.- Me has apoyado y yo te he tratado como si fueras una mierda. No te mereces esto. Entiendo que no quisieras saber nada de mí.

Empiezan las lágrimas.

-No, Ali, no es eso, tú no has hecho nada malo, es solo que estas cosas pasan. No llores, por favor. Mira, estoy aún en el trabajo, me queda una media hora, más o menos, ¿qué te parece si compro algo de comida y me paso por tu casa?

-Eso sería genial, me parece muy buena idea. Aquí te espero- estoy seguro de que me escuchaba sonreír.

-Bien, te veo en un rato entonces.

Y cuelga. No sé qué voy a hacer mientras llega.

Comienzo a repasar mentalmente todo lo que quiero decirle, todos los momentos en los que ha estado conmigo, como cuando mi madre estuvo una semana enferma en el hospital y prácticamente viví allí. Él venía todos los días al menos un ratito. Me traía la comida del restaurante de su padre, o me daba alguna revista, o simplemente se sentaba a charlar conmigo un rato. Néstor no vino nunca. Creo que ni si quiera se enteró de que no dormí en casa. Eso sí, cuando volví a casa sí se acordaba de lo que toca los domingos por la tarde. Era el único momento de la semana en el que disfrutábamos juntos, a veces veíamos una película, o nos sentábamos a leer cada uno un libro. Al final acabábamos en la cama. Rutina. Supongo que al final todo se reduce a eso. Con cualquier persona. Aún no he conocido a ninguna pareja que no caiga en la rutina.

Decido continuar leyendo Orgullo y prejuicio, a ver si de verdad aparece mi Mr. Darsy y me dice esa frase suya que tanto me encanta: “He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos. Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente”. Por lo menos sería un buen comienzo para una historia de amor. Cómo envidio a Lizzie, en serio, a parte de la época en la que vivió, ser un personaje ficticio creado por Jane Austen tiene que ser algo totalmente maravilloso. Sobretodo si te lía con el señor Darsy. En cierto modo me recuerda a Héctor. A veces es distante y frío, pero cuando tiene que demostrar que es un hombre, lo demuestra. No le gusta que dejen en evidencia su orgullo, ni que jueguen con él. Pero es bondadoso como él solo, al igual que el señor Bingley.

Creo firmemente que no debería seguir comparando a Héctor con personajes ficticios. Luego las cosas siempre cambian y al final vienen las decepciones. Estoy segura de que todo el mundo acabará decepcionándome. “Espero que tú no”. Pienso y acaricio mi abultada barriga. “Tú nunca me decepcionarás, siempre estarás ahí conmigo”. Lo pienso, lo repito en voz alta, como si fuera una oración. Tengo miedo de que él también me abandone algún día, un error y me dejará sola. Sola. Como todos los hombres de mi vida, porque algo me dice que va a ser niño. otro hombre más en mi vida.

No. Él no me dejará nunca, soy su madre, ha de quererme y perdonarme. No será un chico orgulloso, será bueno y amable con los demás, será muy educado y respetuoso, menos cuando sea adolescente. Entonces será todo lo que quiera aparentar, pero luego crecerá, madurará, seguramente encontrará a alguien que le haga feliz y tendrá su propia familia. Me pregunto qué haré yo cuando él me deje. La verdad es que aún no quiero saberlo, no quiero pensar en ello. Solo quiero que llegue el día de su nacimiento. Poder verle, tocarle y abrazarle, tengo muchas ganas de que llegue ese momento. ¿Qué puede haber mejor que abrazar a tu hijo por primera vez? Ah, tengo tantas ganas.

Aún faltan unos 20 minutos para que llegue Héctor.

Parte 2


Desde hace unos días, desde la conversación del coche, estamos raros. por un lado me siento cómoda con él, por todo lo que ha hecho por mí, pero por otro lado, el hecho de que dijera que pensaba que yo diría que no si me propusiera matrimonio… ¿Acaso no le doy suficientes pistas ya? En fin, todo está pasando tan deprisa, apenas queda una quincena para salir de cuentas y parece que todo se va desmoronando poco a poco. Ayer hablamos por teléfono pero no parecía el mismo, está más serio que de costumbre. Me acompaña a mis citas médicas y esas cosas, pero no es el mismo. No es como hace unos meses, en febrero,¿ o fue en enero? Estaba tan atento, tan simpático, más de lo habitual. Y yo, yo estaba tan perdida. Y él fue quien me encontró. La persona que se suponía que debía estar a mi lado no lo estaba y de repente, un día pasó. Recuerdo que yo no paraba de llorar y él me llamó, intenté disimular, pero me conoce demasiado.

-¿Por qué lloras, Ali? ¿ha pasado algo?

-No, todo está bien, tranquilo. -Intenté ocultarlo y no sirvió de nada.,

-Tú no lloras si estás bien, nadie lo hace. ¿Estás en la calle? Oigo ruido.

-Estoy en mi terraza, escucharás los coches que pasan. Estoy bien, de verdad.

-¿Segura?-“No, claro que no, necesito alguien que esté cuando él se va de negocios con su maldita secretaria”-. ¿Ali, sigues ahí?- Las palabras no salían de mi boca-. Voy a verte, en 15 minutos estoy ahí.

Colgó. Y tras ese tiempo ahí estaba, en mi puerta. ¿Y yo? Destrozada. Cada dos semanas, la misma historia, “Oh, cariño, lo siento mucho, tengo que irme. Este fin de semana tampoco podremos ir a cenar con tus padres, tengo una cena de negocios. Ya sabes como son estas cosas, crees que será una cena de nada y al final acabas quedándote en el hotel”. “Pero no te preocupes, cielo, a primera hora del domingo estaré aquí”. Sus fines de semana del sexo empezaban siempre el jueves antes de comer. Tenía marido de domingo por la mañana a jueves a las 12. La vida que cualquier gilipollas soñaría. Pero Héctor, él era alguien distinto, siempre había estado ahí, protegiéndome.

En cuanto le miré a los ojos me derrumbé en sus brazos, ni si quiera había pasado el umbral de la puerta.

-Tranquila, por qué no sacamos un poco de helado y me cuentas todo, ¿eh?

-Si tuviera que comer la cantidad de helado proporcional a todo lo que pasa, tendrías que pedirlo a domicilio y en cantidades industriales.

-Oh, entonces nada de helado, no queremos agrandar las puertas.

Me reí como una tonta, era lo más parecido a cariño que había recibido en mucho tiempo. Recuerdo que me abrazaba todavía en la puerta. Le invité a pasar, y pasó. Pasó toda la noche. Yo lloraba como una idiota, como la idiota que había sido durante estos cuatro años y recuerdo que me acariciaba el pelo, me lo colocaba detrás de la cara y me secaba las lágrimas.

-Llorar no es malo, al contrario. Tienes que sacar todo ese dolor que has estado guardando. Lo que me pregunto es por qué no me lo habías contado antes, pero no importa, lo has hecho cuando has tenido fuerzas.

-Simplemente no podía más, Héctor, y tú eres la única persona a quien le puedo hablar de estas cosas, el único al que parece importarle. Le miré a los ojos.

-No digas tonterías, ¿cómo voy a ser el único? -Me devolvió la mirada y agarró mis manos..- Estoy completamente seguro de que tienes mil amigos más, amigas con las que salir una tarde, o llamar por teléfono y hablar. El que yo te llamara hoy ha sido casualidad, y mira.

-Ojalá pudiera contárselo a alguien más- me acurruqué junto a él cuando nos sentamos en el sofá, el seguía sosteniendo mis manos-, pero es que el matrimonio me ha separado de todas esas personas que antes pensaba que siempre estarían ahí. Y es por mi culpa, lo sé, he estado tan ciega.

Rompí a llorar de nuevo, me giró y me abrazó, tan suavemente… y aún así parecía el lugar más seguro del mundo.

-Bueno, no te preocupes, a veces con una persona es suficiente, espero ser esa persona.

-Gracias, de verdad, gracias por venir. Si no fuera por ti, ahora mismo estaría viendo el Diario de Noa y llorando más aún, si es que es posible.

-Veo que conservas el humor- reímos-, me gusta verte reír, de verdad que sí. Siempre te he dicho que tienes una sonrisa muy bonita.

-Desde el primer día- no puedo evitar sonreír y le abrazo más fuerte- no sé qué hacer, Héctor. ¿Debería preguntarle como si nada el domingo? O tal vez prepararle algo especial, para ver si se da cuenta de lo mucho que me importa y cambia.

-No quiero arruinar tu idea, pero le conozco desde siempre, y no va a cambiar. Si he estado aquí contigo todo este tiempo, ha sido porque cuando te conocí, me dijo: “mira, mi última, conquista, esta será la tapadera de mi vida de soltero”. Pero te cogí demasiado cariño como para ver que te hacía daño y decidí estar contigo. Siento decirte todo esto ahora, pero ya te has dado cuenta por ti misma de que es un cerdo, yo solo pongo la puntilla para que te decidas mejor.

Me quedé totalmente petrificada. Mirada al suelo, perdida. acaso ¿acababa de cambiar por completo la visión de mi perfecto marido? Aunque ya sabía lo de los cuernos, jamás habría imaginado ser la “elegida para pringada”. Eso me dolió. Egoistamente, me levanté, dejando a Héctor sin respuesta, y le llamé. No podía más necesitaba saber qué estaba haciendo. Necesitaba comprobar si era cierto que mi historia de amor perfecta, mi vida entera, era todo una farsa. Cuando descolgó el teléfono, su voz parecía entrecortada, su respiración acelerada, escuché gemidos. no necesitaba más. Me apoyé en la pared. Me dejé caer, en estado de shock, sin decir absolutamente nada, ni si quiera durante la llamada. Supongo que no tendría ni idea de que era yo, llamé en número oculto. Lo único que hacía era repasar la llamada en mi cabeza. Sólo hablaba él “¿Sí…? ¿Quién.. quién es? hmm ¿Es una broma..? No tiene gracia, aah, malditos niñatos aburridos, hmm”. Menudo cabrón y yo aquí, llorando por ti.

-Héctor, aún es pronto,¿ te apetece salir? Me miró boquiabierto, no había escuchado la conversación, nunca supo lo que escuché. Aún así, aceptó. Me di una ducha rápida, me puse un vestido sencillo, de manga larga y unos botines a juego. Me dejé el pelo suelto, lo que hacía mucho tiempo que no hacía, pero quería sentirme libre. Un maquillaje sencillo y lista. Recuerdo a Héctor cuando salí al salón, tenía la sensación de que no paraba de mirarme, sentía sus ojos clavados en mí, y eso me gustaba, mi marido nunca me miraba cuando me arreglaba para salir.

-Estás guapísima, Ali.

-¿De veras lo crees?

-Por Dios, ¡pues claro! O es que ¿no te has mirado al espejo? Mírate. Y era cierto. Me paré en el espejo de la entrada, que es entero. Tenía la cara entristecida, pero había hecho un buen trabajo con el maquillaje y el vestido era perfecto. Además, Héctor detrás de mí, también me quedaba muy bien. -¿Ves? Hacía mucho que no te veía con el pelo suelto, Ali, y te queda muy bien. Vamos, aún tienes que arreglar esa cara.

Pero no tenía ganas de salir por ahí y meterme en cualquier garito, tomar unas copas y bailar. Me apetecía sentarme en mi sofá con Héctor, servirnos una copa de vino y hablar toda la noche, como habíamos hecho otras veces.

-Oye, ¿y si nos quedamos y nos tomamos un vino? Como hacíamos antes. ¿Te parece buena idea?

-En realidad prefería ir a un sitio lleno de ruido para emborracharte y verte bailar como un pato -le golpeé en el hombro con el puño y se rió-.pero si quieres, nos quedamos.

-Entonces no se hable más, aún no he salido y ya me molestan los botines- Recuerdo que, al quitármelos, los lancé con furia, como si estuviera dándole patadas al aire, aunque este aire tenía nombre, apellidos y yo era su esposa.

 

Parte 1


Estoy sentada en la cama de un hospital, noto mi tripa más abultada de lo normal y enseguida comprendo que no soy solo una, que hay alguien más conmigo, en mí. Al parecer era solo una falsa alarma. Aún me quedan unas semanas más para salir de cuentas pero por lo visto que alguien tiene prisa por ver el mundo. Un mundo que puede ser su ruina o su éxito, pero para eso estoy yo, para guiarle por el camino hacia la victoria, aunque llegará un día en que tenga que hacerlo solo.
Héctor me acompaña cada vez que tengo que ir al hospital, se está preocupando bastante por nosotros y creo que es porque se siente culpable. Ya le he dicho que mi marido no se fue por nuestra historia, sino porque teme tener una familia.
-¿Te apetece que vayamos a comer algo o prefieres ir a casa a descansar?
-No, está bien, vamos a comer algo, creo que alguien necesita comer.
-¿Estás bien, verdad?-suena muy preocupado
-Sí- acaricio su cara-,tranqilo, solo está un poco más enérgico de lo habitual.
Sonrío y aparca el coche en frente del restaurante de su padre. Me ayuda a salir del coche ya que parezco tener mi propio centro de gravedad y soy incapaz de hacerlo por mi misma. Al entrar siento ese olor tan característico a pasta con carne, la especialidad de la casa desde que mi madre ayuda un poco en la cocina.
-Falsa alarma chicos. Comento y noto cierto alivio.
-Hola, cariño- Mi madre sale de la cocina con el delantal un poco descolocado. Me da un beso en la frente y acaricia mi barriga soriendo como una tonta-. Parece que alguien tiene prisa por conocernos, ¿eh?
-Eso mismo pensé yo, mamá, aunque de momento creo que necesitamos comer. ¿Qué se cuece hoy por aquí?
-Para ti lo que pidas, querida, ya lo sabes – Dice el padre de Héctor saliendo de la cocina y abrazándome con ese cariño particular con el que me trata. -¿Estáis los dos bien?
-Aún no sabemos si somos las o los dos, pero estamos bien, solo ha sido un susto.
-Me alegro mucho, ¿qué váis a comer? ¿Tú te quedas, hijo?
-Sí, papá, luego tengo que llevar a Alicia a casa.
-¿No tienes que trabjar hoy? – pregunto- Por mí no te quedes, puedo quedarme aquí y ayudar.
-No digas tonterías, de verdad, que no pasa nada, comemos juntos y te acerco a casa.
Y ahí estaba otra vez la culpa asomando en su voz. Sé que no puede dejar de sentirse así, pero yo no puedo dejar de intentar lo contrario.
-No, Hécto, de verdad, ve a trabajar, yo me quedaré aquí, me hace falta entretenerme con algo y en casa me dedicaría a comer y ver la tele y eso tampoco es que me apetezca demasiado. Sonrio. -Si quieres puedes pasarte después y ya veremos, ¿vale?
-De acuerdo, pero aún así me quedaré a comer.
Nos sentamos en la mesa más cercana a la cocina, lejos del ruido de la calle, aunque aún así se puede escuchar la lluvia de otoño. Comemos pasta, cómo no, y al acabar Héctor se va despidiéndome con un beso en la frente, como lleva haciendo de un tiempo a esta parte. Me encanta.
Me quedo colocando algunas cosas aunque apenas me dejan hacer nada y varias veces a lo largo de la tarde tengo que recordarles que estoy embarazada, no inválida.
Estoy deseando que llegue el 27 de octubre, supuesto día en el que nacerá el bebé, aunque aún no he querido saber su sexo. Creo que he hecho bien, así lo que tenga que ser será. Aunque mi abuela no opina lo mismo, ella me repite una y otra vez que quiere un bisnieto, que está harta de niñas, “tú lo que tienes que hacer es darme una alegría antes de mudarme de barrio” suele decirme cada vez que hablamos por teléfono.
-Oye mamá, ¿cuándo había que ir a recoger a la abuela?
-Creo que el día siete a las ocho y cuarto, ¿por qué lo preguntas, hija?
-Porque ya sabía yo que se nos olvidaba algo, mamá.
-Rápido, llama a Héctor y pregúntale si puede llevarte, ya son casi las siete y media.
Y ahí estaba, diez minutos después, obediente como él solo. Ya en el coche me decidí, esto no podía seguir así.
-Héctor, esto ya no puede seguir así.
-¿A qué te refieres? Su voz sonaba casi ahogada. Demasiada preocuación diría yo.
-No puedes pretender estar ahí siempre para todo simplemente porque te sientas culpable.
-¿Culpable? ¿Por qué? -No me digas que no me sigue. -¿Culpable por haber dejado a una criatura sin padre por un desliz? -Vaya, sí que me sigue.- Ali, entiéndeme de una vez, quizá me precipité aquella noche, pero llevaba tanto tiempo esperando…- Paró el coche en el arcén a varias calles de la estación.
-No te sigas abrumando por todos esos pensamientos, ya basta, por favor -me giré como pude en el asiento y me acerqué a él lo máximo posible-. Odio de verdad que te sientas así, sabes que no es justo. Rozo su mejilla, no puedo resistirme- Lo que pasó fue porque ambos quisimos, Héctor, estuviera mal o no, pasó y punto. Además sabes que no se fue por eso.
-¿Aún piensas en ello?
-¿En qué? -Toca mi mano que aún sigue en su cara y la agarra suavemente. La envuelve entre sus manos.
-En aquel día, en nosotros.
Silencio.
-Yo sí -acaba diciendo-, de hecho no dejo de hacerlo, lo hago en todo momento.
No podía pasar nada mejor. Llevo todo este tiempo deseando que esto ocurra. Pero millones de dudas asaltan mi mente. Ahora no eliges para ti, eliges también para el bebé. ¿Sería Héctor un buen padre? Pero qué tontería, por supuesto que lo sería, ha cuidado de sus hermanos desde que murió su madre y creo que tres hermanos no se cuidan solos, algo se le tendrá que haber quedado. Además, es la persona en la que más confío en este momento y el bebé necesita un padre. Objetivamente, es un buen partido, tiene casa propia, un trabajo fijo y con futuro, coche y, lo más importante, se preocupa. Pero debo pensarlo mejor.
Durante esa millonésima de segundo que tardo en pensar todo esto, no ha dejado de mirarme, sus ojos imploran una respuesta y no sé qué decir.
-Son casi y cuarto, deberíamos entrar ya.
Genial Alicia, genial, así es como nunca encontrarás un padre para tu hijo. Pero como sospechaba, no dice nada y vuelve a ayudarme a salir del coche. Cuando salgo, y supongo que por suavizar mi silencio anterior, le doy un cariñoso beso en la mejilla y una sonrisa.
Subimos las escaleras mecánicas de la estación, él un escalón por encima de mí.
-Cuando des a luz, ¿será en una habitación particular o en alguna especie de paritorio con más madres?
-Pues. la verdad es que no tengo ni idea. ¿Te gustaría estar conmigo allí? Creo que me harás mucha falta.
-Sabes que estaré donde tú estés. Acerca mi cabeza a su pecho y me siento más segura que nunca.

Cuando llegamos al final de las escaleras veo a mi abuela sentada esperándonos. Sé que hemos llegado tarde en cuanto la veo, seguro que lleva aquí un buen rato a pesar de que aún sólo son y diez.

-¿Pero qué horas son éstas, Alicia? Pensé que con esto del embarazo te centrarías, hija.

-Lo siento mucho, de verdad- la abrazo con fuerza porque sé que no le gusta.

-Déjate de carantoñas y preséntanos, que está el pobre chico aquí esperando.

-Claro, abuela, este es Héctor y bueno, ella es mi abuela Diana.

-Encantada, Héctor, espero que mi nieta no te esté dando mucho la vara con esto del embarazo, las mujeres de nuestra familia nos solemos poner insoportables, pero ¿quién sabe?, a lo mejor salió a su padre.

-Igualmente, señora, la verdad es que yo apostaría por lo primero.

-¡Héctor!

-Déjale, niña, me cae bien, a ver si le conservas.

-Bueno, ya está bien de ponerme en ridículo, volvamos a casa. ¿Cómo fue el viaje, abuela?- a ver si se calma. Sabía que vendría a la defensiva, no está de acuerdo en que tenga el bebé sola, dice que debo quedarme con mi marido

-Pues, largo y cansado, como siempre, hija. Estuve leyendo un libro  y se me hizo un poco más ameno, pero ya sabes cómo son estos viajes.

Regresamos al restaurante y mi madre y mi abuela se van a casa. Yo me quedo un poco más con Héctor, aprovechamos para cenar algo y charlar.

-Resume el día de hoy en una palabra.

-Gracioso.

-¿Gracioso? ¿Es lo único que se te ocurre?

-Sí, ha sido gracioso.

-¿Por qué?

-Porque, primero  la prisa del bebé, luego, casi me olvido de mi abuela. Después me ha puesto en ridículo delante de ti insinuando que deberíamos casarnos y…

-¿No estás de acuerdo con ella?

¿Qué? ¿Estar de acuerdo con qué? ¿Casarnos? ¿Nosotros?

-¿A qué te refieres? ¿Me estás proponiendo matrimonio?

-Claramente no, Ali. Sólo te propongo la idea.

-Eso es casi como pedírmelo y lo sabes.

-Bueno, sí pero no. Digamos que ahora dices que te parece una buena idea.

-Ahá, sigue.

Esto se pone interesante, ¿acaso cree que yo voy a decir que sí? Es decir, no lo sé, bueno, ya empezamos. Siempre pasa igual, no quiero pensar en él como algo más, pero hay una parte de mí que me dice que ya lo somos, que hay algo especial entre nosotros más allá de amigos, pareja, marido y mujer y esas cosas convencionales, nosotros somos distintos y creo que ambos lo sabemos.

-Eso no significaría necesariamente que vayamos a hacerlo o que estemos prometidos, sino que si te lo pidiera, sabría que dirías que sí.

-Aunque eso ya lo sabías. Sonrío.

-Claro, sé que no quieres.