Desgaste


Me atrapaste en el primer orgasmo, no te lo voy a negar. Nunca me había pasado así con nadie, me impactó y nunca se ha desvanecido esa sensación de aquel momento. Apenas nos habíamos visto un par de veces, que si un paseo, un bar, todo normal, nada extraño, mil cosas en común, mil cosas sobre las que discutir. Momentos tontos que seguimos compartiendo, pero nada, jamás, que pase entre nosotros podrá superar la primera vez que nos conocimos mejor. Todo un poco por sorpresa, unos dedos hábiles que me hicieron estremecerme en el coche una tarde a principios de otoño.

Pensé que no te necesitaba. Pensé que no te quería en mi vida, que no me aportabas lo suficiente, yo quería más. Y fui tonta y te dejé escapar.

Te recuperé, me fui;  me alejé y me buscaste; te alejaste y te busqué; nos buscamos, pero no nos encontramos.

Ya me resulta difícil pensar en ti. Ya no sé cómo pensar en ti. Hemos jugado al desgaste y ha ganado el tiempo. Nos ha separado.

Espero recuperarte, no irme; pero me alejaré y me buscarás; te alejarán y te buscaré; nos buscaremos, pero no nos encontraremos.

Luces


Sus manos acarician mi cuerpo con una ternura que hace que mi piel se estremezca, tan suave, tan sutil. Sus brazos me envuelven y me siento protegida, nada puede afectarme ahora, ningún pensamiento puede arruinar lo que estamos creando. Mis dedos recorren su espalda, tal vez clavo mis uñas, pero estoy tan desinhibida que no me doy cuenta. Hace ya tiempo que somos uno, nunca parece demasiado, no me cansa. Creamos un todo y nos dejamos llevar, unidos. Se apoya en sus brazos y cambia la perspectiva. Todo está oscuro excepto por la luz que desprenden nuestros teléfonos, alguien ha decidido hablarnos. Es una luz intermitente, apenas me permite verlo todo con mucho detalle, pero nos ilumina lo suficiente como para distinguir su sonrisa en la tenue oscuridad en la que nos encontramos. Sus ojos brillan de una manera muy intensa, lástima que la poca luz no me permita verme reflejada en ellos. Decide cambiar el rumbo, no sin antes besar todo mi cuerpo, sorprendiendo cada rincón, manteniendo el suspense hasta que su lengua me roza. Decide dar un paseo desde mis muslos hasta mi vientre, llenándome de pequeños espasmos que da mi cuerpo cada vez que da con el lugar adecuado. Se recrea, sabe qué me gusta y cómo. No puedo más, le obligo a tumbarse sobre su espalda, busco sus manos y las entrelazo con las mías, situándolas sobre mis caderas, que se mueven sobre él. Las luces parpadean a destiempo, por lo que, a veces, la luz es continua por un breve tiempo que aprovecho para mirar fijamente sus ojos, unas veces cerrados, otras, mirándome, intimidándome. Cierro mis ojos, me concentro en su respiración. Suelta una de mis manos y la sube por mi brazo, hasta que llega a mi pelo pasando por mi cuello. Me agarra firmemente la cabeza, tirando ligeramente hacia atrás. Ya no puedo ver sus ojos. Suelta su otra mano, que recorre el mismo camino pero se para en uno de mis pechos y juega con él  antes de seguir haca mi cuello, donde se para, me acaricia por un breve tiempo y, después, rodeándolo, aprieta ligeramente. Su pulgar está justo en mi garganta y al principio me cuesta respirar, después me acostumbro, sigue apretando y mi respiración se acelera. Suelta mi pelo y me agarra el cuello con ambas manos, ahora puedo mirarle a los ojos, decirle sin palabras que le deseo, que nunca me siento tan cerca de él como en este momento. Bajo y beso sus labios, está aquí, sigo, su respiración lo es todo para guiarme, pero ya no me puedo concentrar. Pensaba que no podría haber una conexión más fuerte, más intensa, que la que ya teníamos, pero estoy tan equivocada. Llega el clímax y todos mis sentidos se agudizan, especialmente el tacto, siento cómo él está en mí, abrazándome desde dentro, siente mi cambio de postura, cómo mis músculos se contraen por el placer y me abraza cuando caigo en su pecho, exhausta. Besa mi frente, se ríe y acaricia mi pelo. Tras unos segundos de calma, me apoyo en ambas manos y vuelvo a besarle desde arriba. Nuestras miradas se encuentran en la oscuridad, ambos sabemos todo lo que tenemos que saber para disfrutar de este momento. Vuelvo a moverme encima de él, esta vez con mis cinco sentidos puestos en él. Sus manos recorren mi espalda, justo como antes lo hacían los míos en la suya, presionando mis músculos. Agarra mis caderas y me mueve a su antojo, me dejo llevar por un momento, pero me detengo, observo su reacción y poco a poco vuelvo a moverme, cada vez más deprisa, con movimientos casi circulares. Me avisa, me excita. Juntos, de nuevo, en esa conexión, nos abrazamos y nos quedamos dormidos, ambos sabiendo que las luces siguen parpadeando, pero ya no importa, nada más importa.

Me desvelo de vez en cuando durante toda la noche, a veces simplemente cambio de postura, otras me quedo despierta durante unos minutos porque no consigo volver a acomodarme. Una de esas últimas veces, me giro y le abrazo, él se gira y se coloca boca arriba ahora, me abrazo a su pecho cuando ha colocado su brazo izquierdo a mi alrededor. Su mano descansa en mi cadera. Elevo la cabeza y miro su cara, tan relajada, en paz. Sus labios son carnosos y están rodeados por una barba incipiente de varios días, pero le crece de manera desigual según se va alejando de la boca. Desde este punto de vista, observo sus orejas. Siempre me ha llamado la atención cómo no hay un par de orejas igual a otro, son como nuestras huellas dactilares, siempre distintas. Las suyas son simplemente perfectas, incluso mejor. No puedo dejar de mirar cómo la curva superior casi se convierte en punta, es una curva tan cerrada que cualquiera pensaría que este muchacho tiene algo mágico, algo que no tiene explicación. Esta peculiar forma de sus orejas me mantiene despierta durante un buen rato, mirando cada detalle, cada curva, cada resquicio hasta que, aún consciente, empiezo a soñar con lo que acaba derivando en una excursión a la Selva Negra, en la que, por supuesto, no faltan pequeños duendes que me guían hasta un lago por un camino muy amplio e iluminado. Allí me doy un baño. Mientras nado me doy cuenta de que hay algo en el fondo del lago que me atrae, me llama. Miro desde la superficie, hay una luz que parpadea, no puedo dejar de mirarla; se me escapa, tengo que llegar. Me acerco a la luz todo lo que puedo hasta que siento que mis pulmones arden. Sigo bajando, ya no puedo aguantar más, pero sigo y sigo y sigo…

Me despierto sobresaltada, sudando como si de verdad hubiera estado bajo el agua. Nota mi sobre salto y,sin decir nada, me atrae hacia sí con su brazo izquierdo, empujando mis caderas, se gira hasta que su rostro y el mío se encuentran, con su otro brazo me rodea y coloca su mano sobre mi cabeza, acariciando mi pelo. Mi respiración se va calmando poco a poco. Y lo último que recordaré al despertarme serán sus labios besando con ternura mi frente.

Breath in, breath out


Salgo del vestuario después de ponerme el bañador, después de tanto tiempo sin ponérmelo resulta incómodo, aunque al mismo tiempo agradable. Apenas recuerdo ya lo que se siente al estar bajo el agua, y mucho menos con esta paz.

Después de todo un año de trabajo, he conseguido sacar un rato para hacer este viaje, llamémoslo capricho, y descansar. Lo primero que he hecho nada más llegar ha sido buscar el bañador, necesito nadar. Me dirijo hacia la ducha que está junto a la piscina. Descalza ya, camino despacio, notando el relieve rugoso del suelo. Qué bien sienta. Abro el grifo de la ducha y el agua comienza a caer, tibia. Me meto bajo el chorro y me mojo el pelo, echándomelo hacia atrás con ambas manos. Noto cómo el agua recorre mi rostro y se escurre por el resto de mi cuerpo hasta acabar en el desagüe. Cierro el grifo y me dirijo al borde de la piscina. Afortunadamente, es bastante profunda al fondo, más de dos metros, así puedo introducirme en el agua de la forma que más me gusta: tirándome de cabeza. Subo a la pequeña plataforma en el extremo más profundo de la piscina, está frío. Aclaro mi mente, respiro hondo y exhalo por la boca. Noto cómo se van las malas vibraciones, las malas palabras, los malos gestos. Después de deshacerme de todo lo que no me conviene, me coloco al borde, respiro de nuevo y salto al agua: brazos, cabeza, tronco y piernas se abren paso en el agua como pidiendo permiso, con un gesto rápido y a la vez suave, delicado. Me deslizo en el agua, libre, sintiéndome capaz de hacer cualquier cosa. Unas burbujas se pegan a mi cuerpo mientras otras suben a la superficie para morir allí. Con los ojos cerrados aún, me sumerjo hasta el fondo de la piscina, rozándolo con mi cuerpo, notando el frío de los azulejos, lo cual me recuerda que aún soy capaz de sentir. Sigo avanzando, todavía con el primer impulso, hasta agotarlo y quedarme parada, estancada en el fondo. Me detengo ahí por un momento, inmóvil, estática, impasible, con la mente en blanco… Vuelvo a mí, abro los ojos, flexiono las piernas y subo hacia la superficie con lentitud, disfrutando de mi soledad. Llego arriba, inspiro y empiezo a nadar. Me inunda una sensación de autonomía, a la hora de nadar, yo marco mi ritmo, yo elijo cuándo coger aire, cuándo moverme, cuándo no. Puedo probarme a mí misma, aguantar la respiración hasta que ya no pueda más. Llego al otro lado de la piscina, me doy la vuelta y sigo nadando.

Se podría decir que ha sido el año más difícil que he vivido hasta ahora. Todas las decisiones que he tenido que tomar han sido difíciles de un modo u otro. A pesar de ello, todas han sido para bien, por muy duro que haya sido. Sigo nadando, esta vez aguantando la respiración. Cuento hasta veinte, suelto el aire y saco la cabeza para respirar. No puedo coger mucho más aire, tengo que sumergirme de nuevo, lo cual me recuerda que, no importa lo bien que te vaya, de vez en cuando tenemos que volver a bajar y verlo todo desde otra perspectiva para poder subir y tener un momento de paz. Ahora es mi momento de paz, de calma, es un momento de tranquilidad. La luz del sol entra por los ventanales, se cuela en el agua y juega con ella, se camufla, sube, baja, se refleja, me distrae. Forma bellos dibujos en el fondo de la piscina, los admiro aún bajo el agua. Subo a la superficie, giro sobre mí misma y dejo que la luz me abrace y me llene de calor. Cierro los ojos. Mente en blanco.

Respiro, me dejo llevar por la poca corriente que hay, apenas me muevo. Mis brazos, en cruz, y mis piernas quietas me ayudan a flotar. Permanezco así durante unos momentos, quién sabe cuánto. Una vez decido que ya he recibido la cantidad de luz suficiente, retomo mi camino y sigo nadando. Mente en blanco. Atrás dejo el pesado fantasma de las preocupaciones, simplemente me dejo llevar.

Breaking free


Sigue y sigue corriendo. No quiere parar de correr. No huye, solo corre. Corre para sentirse libre, para sentir el viento el la cara, cómo se mueve su pelo con cada zancada. Corre tan deprisa que el viento es un susurro en su oído. Puede escucharlo. Siente cómo su cuerpo se libera de la gravedad con cada paso para después volver a ser atrapado por ella una y otra vez. Un ciclo que no acaba. Todo lo que sube tiene que bajar, es simplemente así. Pero, entonces, sus pies comienzan a desmentir lo dicho anteriormente, ya no bajan con tanto peso, ahora son más ligeros, avanzan más despacio, más alto. Siente un agudo dolor en su espalda. Son sus alas, por fin de vuelta. Ahora sí que podrá de verdad ser libre.Comienza a ver todo desde lejos, más pequeño, mucho más pequeño. Los pájaros ya no parecen algo tan inalcanzable. La ciudad desde aquí se ve de otra manera. Los tejados de las casas no son como parecen desde abajo, inservibles para los peatones, sino que ahora son un lugar en el que posarse a descansar. Pero no quiere descansar. Quiere VOLAR. Quiere SER LIBRE, liberarse de las ataduras de los humanos comunes. Porque no es como los demás. Nunca ha querido ser normal. Nunca se lo perdonaría. 

Ahora todo es distinto. Ahora ya es diferente, ella es diferente. Ha aprendido a ser libre, ha aprendido a volar y nada puede hacer que pierda lo que ella sola ha conseguido. Ahora la libertad vive en ella, es su forma de vida. No pueden arrebatarte algo que no es material. Tu libertad es tuya, es una actitud, es tu actitud. 

Tu libertad eres tú.

Viajar


Cierra los ojos y se transporta. Allí donde va no hay reglas estrictas ni flexibles, no hay promesas sin cumplir. Tampoco hay nadie que pueda hacerla llorar o reír. Todo es neutro allí donde está viajando. Todo es como ella desearía. 

Unos días es lo mejor otros lo peor. Pero ella no sabe qué pasará cuando cierre los ojos. Se arriesga a un susto, un mal trago, pero también puede llegar a ser algo maravilloso. Tal vez vea a alguien a quien no querría volver a ver jamás, tal vez a algún ser querido que ya no está. Pero jamás lo sabe antes de cerrar los ojos.

La última vez que los cerró tenía un mal presentimiento, y así fue. Jamás los volvió a cerrar sin acordarse de aquel sueño. No le deja dormir, no le deja pensar con claridad, apenas le deja pensar.

La pesadilla le consume y le persigue allá donde va. Asfixia sus pensamientos como si de una pitón se tratase. Exprimiendo sus sentimientos gota a gota, siempre al acecho.

Menos cuando cierra los ojos y se transporta.

Northanger Abbey


“Catherine, sin embargo, desconocía su valor, ignoraba que una joven bella, dueña de un corazón afectuoso y de una mente hueca, se halla en las mejores condiciones posibles, a no ser que las circunstancias sean contrarias, para atraer a un joven de talento.”

Fantástica frase que nos deja Jane Austen en su novela La abadía de Northanger.

Tengo la suerte de que una muy buena amiga mía me regalara la novela por mi cumpleaños, hacía tiempo que quería leerla, al menos en castellano y no en los odiosos libros de lectura de inglés, que apenas aportan contenido sobre la historia. En la adaptación que leí, apenas me centré en cómo estaba escrito, en la manera de transmitir. Supongo que al ser una adaptación no se puede pedir mucho. Pero leer la novela tal cual, aún siendo una adaptación al castellano, es algo que me está atrapando. Aún voy por la mitad, pero me ha enganchado de tal manera que me temo que de aquí a tres días me la habré terminado, con mucho. Será una lástima porque al leer deprisa no la disfrutaré tanto como si la leyera despacio (cosa que me estoy proponiendo), pero resulta tan complicado no caer en la tentación de tan maravillosa lectura :)

Además se me está pegando el estilo narrativo de la autora, no solo al escribir, sino también al hablar, un poco en todo. Al acabar el libro, espero no cambiar de opinión sobre la autora, aunque he leído que esta es una de sus mejores novelas. Desde luego, está consiguiendo que me muera de ganas por conocer a Henry Tilney, quien parece ser el héroe de la historia.

¡Espero que no me decepcione!

Un pequeño secreto de la felicidad


Cuando le preguntaban qué cree que le haría feliz cuando fuera mayor, respondía que le gustaría poder saber cuál es el secreto de la felicidad, descubrirlo por sus propios medios.

Cuando llegó a esa edad en la que se supone que ya eres mayor, recordó que todas las personas que le habían hecho esa pregunta, eran mayores, se supone que ellos ya debían ser mayores desde hace algún tiempo. ¿Qué les hace feliz a ellos de mayores? ¿Qué les gustaría? Tal vez, algunos de ellos respondieran que les gustaría ser médicos, profesores, astronautas, caballeros de la mesa redonda, cualquier cosa que se les ocurriera en el momento de hacerles la pregunta. Pero ninguno de ellos era del todo feliz, porque la mayoría no conseguían lo que se habían propuesto tiempo atrás, o les faltaba algo, no les encajaba todo. Sin embargo, el protagonista sí se sentía feliz, porque había descubierto que cada persona tiene un concepto distinto de felicidad y no seguía nunca los consejos que la gente le daba del tipo: “Debes creer en algo para poder ser feliz”, “debes centrarte en tu carrera para ser feliz”, “debes encontrar a alguien que te quiera, que sea esa persona la que te haga feliz”; esas cosas no bastaban para su felicidad. Simplemente se centraba en los pequeños detalles del día a día y los disfrutaba.

Al principio, cuando llegaba la noche y se iba a dormir, se ponía a pensar en las cosas malas que habían pasado en el día, las recordaba y pensaba por qué habían pasado, qué podía hacer para evitarlas. Pero llegó un momento en el que se dio cuenta de que las cosas malas no están para evitarlas en un futuro, están par ser lecciones de la vida de las que debemos aprender y con el tiempo recordarlas y ser capaces de sonreír.

Su felicidad no se basaba en recordar sólo las cosas malas, se basaba en, después de recordar éstas y ser capaz de reírse de sus errores o desgracias, recordar cada uno de los detalles que le habían hecho feliz ese día. La clave era, que no había ningún mal recuerdo, porque los había convertido en lecciones.

De esta forma, aún habiendo tenido un día de mierda, siempre era capaz de dormirse con una sonrisa en los labios.

Ella


“Cuando tiene un mal día, sueña con llegar a casa, a su propia casa, quitarse la ropa, darse un baño con mucha espuma mientras escucha cualquier disco de los Beatles. Salir de la bañera y bailar por toda la casa. Hacer la cena mientras él vuelve. Cuando llega darle la bienvenida en el sofá, o bien en la misma cocina. Cenar mientras charlan de lo que han hecho durante el día, recoger juntos y volver al sofá a ver una película cualquiera. Más tarde, ya en la cama, conquistar las sábanas.
Pero no siempre todo es así, a veces, al llegar se saltan la parte del sofá, que es sustituida por una pelea estúpida por ver quién se ha olvidado de recoger la ropa tendida por la mañana, quién no ha hecho la cama o fregado los platos. Discuten mientras ponen la mesa y sirven la cena, pero un destello les brilla en los ojos y al final la cena se queda fría en la mesa mientras ellos calientan las sábanas que algún día lluvioso olvidarán recoger del tendedero.”

Parte 3


No sé si podré soportar un día más sin estar bien con Héctor. Apenas quedan unas semanas para salir de cuentas, el bebé está aquí y le necesito aquí conmigo. Cuando estás sola es cuando realmente te das cuenta de qué es lo que necesitas y en qué has fallado. En mi caso ambas cosas coinciden. Ahora le llamaré y quedaré como una egoísta que se arrastra porque solo quiere un padre para su hijo. Pero no es así. El hecho de que haya desaparecido de mi vida, así, no es algo que sea nuevo para mí, normalmente todas las personas que conozco lo hacen, él no podía ser menos. Pero creo que volverá. Espero que vuelva, quiero que vuelva. Le necesito aquí con nosotros, conmigo. Hace dos días que no hablo con él y apenas tengo fuerzas para enfrentarme a ello. Pero aún así llamo, no puedo más.

Escucho sonar dos veces el maldito “pii” hasta que por fin contesta:

-¿SÍ?

-Hola, Héctor.

-Ali..-por lo menos aún me llama Ali, a lo mejor son solo parnoias mías-, ¿dónde te has metido estos días? Apenas he sabido de ti. -¿Yo?

-En casa descansando, ya sabes, a veces me dan esos malditos dolores de espalda y tengo que pasarme el día sentada.

-Seguro que estás agotada, ¿verdad?- maldito seas me has hecho reír.

-Sí, estoy agotada, necesitaría un masaje bien bueno, como esos que me dabas en los pies. Los echo mucho de menos, y a ti también.

Tardaba en responder, pero sabía que estaba ahí porque le escuchaba respirar. Finalmente:

-Yo también te echo de menos, Ali, echo de menos el principio de todo esto. cuando simplemente nos llamábamos para nada, cuando no hacía falta pedir disculpas, Ali, cuando todo era sencillo.

-Lo sé, y tampoco ha sido fácil todo esto para mí, cada vez me cuesta más, Héctor, hacer esto sola es difícil y más cuando no estás tú. Siempre has sido alguien muy importante para mí y mucho más este tiempo atrás.- Me has apoyado y yo te he tratado como si fueras una mierda. No te mereces esto. Entiendo que no quisieras saber nada de mí.

Empiezan las lágrimas.

-No, Ali, no es eso, tú no has hecho nada malo, es solo que estas cosas pasan. No llores, por favor. Mira, estoy aún en el trabajo, me queda una media hora, más o menos, ¿qué te parece si compro algo de comida y me paso por tu casa?

-Eso sería genial, me parece muy buena idea. Aquí te espero- estoy seguro de que me escuchaba sonreír.

-Bien, te veo en un rato entonces.

Y cuelga. No sé qué voy a hacer mientras llega.

Comienzo a repasar mentalmente todo lo que quiero decirle, todos los momentos en los que ha estado conmigo, como cuando mi madre estuvo una semana enferma en el hospital y prácticamente viví allí. Él venía todos los días al menos un ratito. Me traía la comida del restaurante de su padre, o me daba alguna revista, o simplemente se sentaba a charlar conmigo un rato. Néstor no vino nunca. Creo que ni si quiera se enteró de que no dormí en casa. Eso sí, cuando volví a casa sí se acordaba de lo que toca los domingos por la tarde. Era el único momento de la semana en el que disfrutábamos juntos, a veces veíamos una película, o nos sentábamos a leer cada uno un libro. Al final acabábamos en la cama. Rutina. Supongo que al final todo se reduce a eso. Con cualquier persona. Aún no he conocido a ninguna pareja que no caiga en la rutina.

Decido continuar leyendo Orgullo y prejuicio, a ver si de verdad aparece mi Mr. Darsy y me dice esa frase suya que tanto me encanta: “He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos. Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente”. Por lo menos sería un buen comienzo para una historia de amor. Cómo envidio a Lizzie, en serio, a parte de la época en la que vivió, ser un personaje ficticio creado por Jane Austen tiene que ser algo totalmente maravilloso. Sobretodo si te lía con el señor Darsy. En cierto modo me recuerda a Héctor. A veces es distante y frío, pero cuando tiene que demostrar que es un hombre, lo demuestra. No le gusta que dejen en evidencia su orgullo, ni que jueguen con él. Pero es bondadoso como él solo, al igual que el señor Bingley.

Creo firmemente que no debería seguir comparando a Héctor con personajes ficticios. Luego las cosas siempre cambian y al final vienen las decepciones. Estoy segura de que todo el mundo acabará decepcionándome. “Espero que tú no”. Pienso y acaricio mi abultada barriga. “Tú nunca me decepcionarás, siempre estarás ahí conmigo”. Lo pienso, lo repito en voz alta, como si fuera una oración. Tengo miedo de que él también me abandone algún día, un error y me dejará sola. Sola. Como todos los hombres de mi vida, porque algo me dice que va a ser niño. otro hombre más en mi vida.

No. Él no me dejará nunca, soy su madre, ha de quererme y perdonarme. No será un chico orgulloso, será bueno y amable con los demás, será muy educado y respetuoso, menos cuando sea adolescente. Entonces será todo lo que quiera aparentar, pero luego crecerá, madurará, seguramente encontrará a alguien que le haga feliz y tendrá su propia familia. Me pregunto qué haré yo cuando él me deje. La verdad es que aún no quiero saberlo, no quiero pensar en ello. Solo quiero que llegue el día de su nacimiento. Poder verle, tocarle y abrazarle, tengo muchas ganas de que llegue ese momento. ¿Qué puede haber mejor que abrazar a tu hijo por primera vez? Ah, tengo tantas ganas.

Aún faltan unos 20 minutos para que llegue Héctor.

Parte 2


Desde hace unos días, desde la conversación del coche, estamos raros. por un lado me siento cómoda con él, por todo lo que ha hecho por mí, pero por otro lado, el hecho de que dijera que pensaba que yo diría que no si me propusiera matrimonio… ¿Acaso no le doy suficientes pistas ya? En fin, todo está pasando tan deprisa, apenas queda una quincena para salir de cuentas y parece que todo se va desmoronando poco a poco. Ayer hablamos por teléfono pero no parecía el mismo, está más serio que de costumbre. Me acompaña a mis citas médicas y esas cosas, pero no es el mismo. No es como hace unos meses, en febrero,¿ o fue en enero? Estaba tan atento, tan simpático, más de lo habitual. Y yo, yo estaba tan perdida. Y él fue quien me encontró. La persona que se suponía que debía estar a mi lado no lo estaba y de repente, un día pasó. Recuerdo que yo no paraba de llorar y él me llamó, intenté disimular, pero me conoce demasiado.

-¿Por qué lloras, Ali? ¿ha pasado algo?

-No, todo está bien, tranquilo. -Intenté ocultarlo y no sirvió de nada.,

-Tú no lloras si estás bien, nadie lo hace. ¿Estás en la calle? Oigo ruido.

-Estoy en mi terraza, escucharás los coches que pasan. Estoy bien, de verdad.

-¿Segura?-“No, claro que no, necesito alguien que esté cuando él se va de negocios con su maldita secretaria”-. ¿Ali, sigues ahí?- Las palabras no salían de mi boca-. Voy a verte, en 15 minutos estoy ahí.

Colgó. Y tras ese tiempo ahí estaba, en mi puerta. ¿Y yo? Destrozada. Cada dos semanas, la misma historia, “Oh, cariño, lo siento mucho, tengo que irme. Este fin de semana tampoco podremos ir a cenar con tus padres, tengo una cena de negocios. Ya sabes como son estas cosas, crees que será una cena de nada y al final acabas quedándote en el hotel”. “Pero no te preocupes, cielo, a primera hora del domingo estaré aquí”. Sus fines de semana del sexo empezaban siempre el jueves antes de comer. Tenía marido de domingo por la mañana a jueves a las 12. La vida que cualquier gilipollas soñaría. Pero Héctor, él era alguien distinto, siempre había estado ahí, protegiéndome.

En cuanto le miré a los ojos me derrumbé en sus brazos, ni si quiera había pasado el umbral de la puerta.

-Tranquila, por qué no sacamos un poco de helado y me cuentas todo, ¿eh?

-Si tuviera que comer la cantidad de helado proporcional a todo lo que pasa, tendrías que pedirlo a domicilio y en cantidades industriales.

-Oh, entonces nada de helado, no queremos agrandar las puertas.

Me reí como una tonta, era lo más parecido a cariño que había recibido en mucho tiempo. Recuerdo que me abrazaba todavía en la puerta. Le invité a pasar, y pasó. Pasó toda la noche. Yo lloraba como una idiota, como la idiota que había sido durante estos cuatro años y recuerdo que me acariciaba el pelo, me lo colocaba detrás de la cara y me secaba las lágrimas.

-Llorar no es malo, al contrario. Tienes que sacar todo ese dolor que has estado guardando. Lo que me pregunto es por qué no me lo habías contado antes, pero no importa, lo has hecho cuando has tenido fuerzas.

-Simplemente no podía más, Héctor, y tú eres la única persona a quien le puedo hablar de estas cosas, el único al que parece importarle. Le miré a los ojos.

-No digas tonterías, ¿cómo voy a ser el único? -Me devolvió la mirada y agarró mis manos..- Estoy completamente seguro de que tienes mil amigos más, amigas con las que salir una tarde, o llamar por teléfono y hablar. El que yo te llamara hoy ha sido casualidad, y mira.

-Ojalá pudiera contárselo a alguien más- me acurruqué junto a él cuando nos sentamos en el sofá, el seguía sosteniendo mis manos-, pero es que el matrimonio me ha separado de todas esas personas que antes pensaba que siempre estarían ahí. Y es por mi culpa, lo sé, he estado tan ciega.

Rompí a llorar de nuevo, me giró y me abrazó, tan suavemente… y aún así parecía el lugar más seguro del mundo.

-Bueno, no te preocupes, a veces con una persona es suficiente, espero ser esa persona.

-Gracias, de verdad, gracias por venir. Si no fuera por ti, ahora mismo estaría viendo el Diario de Noa y llorando más aún, si es que es posible.

-Veo que conservas el humor- reímos-, me gusta verte reír, de verdad que sí. Siempre te he dicho que tienes una sonrisa muy bonita.

-Desde el primer día- no puedo evitar sonreír y le abrazo más fuerte- no sé qué hacer, Héctor. ¿Debería preguntarle como si nada el domingo? O tal vez prepararle algo especial, para ver si se da cuenta de lo mucho que me importa y cambia.

-No quiero arruinar tu idea, pero le conozco desde siempre, y no va a cambiar. Si he estado aquí contigo todo este tiempo, ha sido porque cuando te conocí, me dijo: “mira, mi última, conquista, esta será la tapadera de mi vida de soltero”. Pero te cogí demasiado cariño como para ver que te hacía daño y decidí estar contigo. Siento decirte todo esto ahora, pero ya te has dado cuenta por ti misma de que es un cerdo, yo solo pongo la puntilla para que te decidas mejor.

Me quedé totalmente petrificada. Mirada al suelo, perdida. acaso ¿acababa de cambiar por completo la visión de mi perfecto marido? Aunque ya sabía lo de los cuernos, jamás habría imaginado ser la “elegida para pringada”. Eso me dolió. Egoistamente, me levanté, dejando a Héctor sin respuesta, y le llamé. No podía más necesitaba saber qué estaba haciendo. Necesitaba comprobar si era cierto que mi historia de amor perfecta, mi vida entera, era todo una farsa. Cuando descolgó el teléfono, su voz parecía entrecortada, su respiración acelerada, escuché gemidos. no necesitaba más. Me apoyé en la pared. Me dejé caer, en estado de shock, sin decir absolutamente nada, ni si quiera durante la llamada. Supongo que no tendría ni idea de que era yo, llamé en número oculto. Lo único que hacía era repasar la llamada en mi cabeza. Sólo hablaba él “¿Sí…? ¿Quién.. quién es? hmm ¿Es una broma..? No tiene gracia, aah, malditos niñatos aburridos, hmm”. Menudo cabrón y yo aquí, llorando por ti.

-Héctor, aún es pronto,¿ te apetece salir? Me miró boquiabierto, no había escuchado la conversación, nunca supo lo que escuché. Aún así, aceptó. Me di una ducha rápida, me puse un vestido sencillo, de manga larga y unos botines a juego. Me dejé el pelo suelto, lo que hacía mucho tiempo que no hacía, pero quería sentirme libre. Un maquillaje sencillo y lista. Recuerdo a Héctor cuando salí al salón, tenía la sensación de que no paraba de mirarme, sentía sus ojos clavados en mí, y eso me gustaba, mi marido nunca me miraba cuando me arreglaba para salir.

-Estás guapísima, Ali.

-¿De veras lo crees?

-Por Dios, ¡pues claro! O es que ¿no te has mirado al espejo? Mírate. Y era cierto. Me paré en el espejo de la entrada, que es entero. Tenía la cara entristecida, pero había hecho un buen trabajo con el maquillaje y el vestido era perfecto. Además, Héctor detrás de mí, también me quedaba muy bien. -¿Ves? Hacía mucho que no te veía con el pelo suelto, Ali, y te queda muy bien. Vamos, aún tienes que arreglar esa cara.

Pero no tenía ganas de salir por ahí y meterme en cualquier garito, tomar unas copas y bailar. Me apetecía sentarme en mi sofá con Héctor, servirnos una copa de vino y hablar toda la noche, como habíamos hecho otras veces.

-Oye, ¿y si nos quedamos y nos tomamos un vino? Como hacíamos antes. ¿Te parece buena idea?

-En realidad prefería ir a un sitio lleno de ruido para emborracharte y verte bailar como un pato -le golpeé en el hombro con el puño y se rió-.pero si quieres, nos quedamos.

-Entonces no se hable más, aún no he salido y ya me molestan los botines- Recuerdo que, al quitármelos, los lancé con furia, como si estuviera dándole patadas al aire, aunque este aire tenía nombre, apellidos y yo era su esposa.