Desgaste


Me atrapaste en el primer orgasmo, no te lo voy a negar. Nunca me había pasado así con nadie, me impactó y nunca se ha desvanecido esa sensación de aquel momento. Apenas nos habíamos visto un par de veces, que si un paseo, un bar, todo normal, nada extraño, mil cosas en común, mil cosas sobre las que discutir. Momentos tontos que seguimos compartiendo, pero nada, jamás, que pase entre nosotros podrá superar la primera vez que nos conocimos mejor. Todo un poco por sorpresa, unos dedos hábiles que me hicieron estremecerme en el coche una tarde a principios de otoño.

Pensé que no te necesitaba. Pensé que no te quería en mi vida, que no me aportabas lo suficiente, yo quería más. Y fui tonta y te dejé escapar.

Te recuperé, me fui;  me alejé y me buscaste; te alejaste y te busqué; nos buscamos, pero no nos encontramos.

Ya me resulta difícil pensar en ti. Ya no sé cómo pensar en ti. Hemos jugado al desgaste y ha ganado el tiempo. Nos ha separado.

Espero recuperarte, no irme; pero me alejaré y me buscarás; te alejarán y te buscaré; nos buscaremos, pero no nos encontraremos.

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Luces


Sus manos acarician mi cuerpo con una ternura que hace que mi piel se estremezca, tan suave, tan sutil. Sus brazos me envuelven y me siento protegida, nada puede afectarme ahora, ningún pensamiento puede arruinar lo que estamos creando. Mis dedos recorren su espalda, tal vez clavo mis uñas, pero estoy tan desinhibida que no me doy cuenta. Hace ya tiempo que somos uno, nunca parece demasiado, no me cansa. Creamos un todo y nos dejamos llevar, unidos. Se apoya en sus brazos y cambia la perspectiva. Todo está oscuro excepto por la luz que desprenden nuestros teléfonos, alguien ha decidido hablarnos. Es una luz intermitente, apenas me permite verlo todo con mucho detalle, pero nos ilumina lo suficiente como para distinguir su sonrisa en la tenue oscuridad en la que nos encontramos. Sus ojos brillan de una manera muy intensa, lástima que la poca luz no me permita verme reflejada en ellos. Decide cambiar el rumbo, no sin antes besar todo mi cuerpo, sorprendiendo cada rincón, manteniendo el suspense hasta que su lengua me roza. Decide dar un paseo desde mis muslos hasta mi vientre, llenándome de pequeños espasmos que da mi cuerpo cada vez que da con el lugar adecuado. Se recrea, sabe qué me gusta y cómo. No puedo más, le obligo a tumbarse sobre su espalda, busco sus manos y las entrelazo con las mías, situándolas sobre mis caderas, que se mueven sobre él. Las luces parpadean a destiempo, por lo que, a veces, la luz es continua por un breve tiempo que aprovecho para mirar fijamente sus ojos, unas veces cerrados, otras, mirándome, intimidándome. Cierro mis ojos, me concentro en su respiración. Suelta una de mis manos y la sube por mi brazo, hasta que llega a mi pelo pasando por mi cuello. Me agarra firmemente la cabeza, tirando ligeramente hacia atrás. Ya no puedo ver sus ojos. Suelta su otra mano, que recorre el mismo camino pero se para en uno de mis pechos y juega con él  antes de seguir haca mi cuello, donde se para, me acaricia por un breve tiempo y, después, rodeándolo, aprieta ligeramente. Su pulgar está justo en mi garganta y al principio me cuesta respirar, después me acostumbro, sigue apretando y mi respiración se acelera. Suelta mi pelo y me agarra el cuello con ambas manos, ahora puedo mirarle a los ojos, decirle sin palabras que le deseo, que nunca me siento tan cerca de él como en este momento. Bajo y beso sus labios, está aquí, sigo, su respiración lo es todo para guiarme, pero ya no me puedo concentrar. Pensaba que no podría haber una conexión más fuerte, más intensa, que la que ya teníamos, pero estoy tan equivocada. Llega el clímax y todos mis sentidos se agudizan, especialmente el tacto, siento cómo él está en mí, abrazándome desde dentro, siente mi cambio de postura, cómo mis músculos se contraen por el placer y me abraza cuando caigo en su pecho, exhausta. Besa mi frente, se ríe y acaricia mi pelo. Tras unos segundos de calma, me apoyo en ambas manos y vuelvo a besarle desde arriba. Nuestras miradas se encuentran en la oscuridad, ambos sabemos todo lo que tenemos que saber para disfrutar de este momento. Vuelvo a moverme encima de él, esta vez con mis cinco sentidos puestos en él. Sus manos recorren mi espalda, justo como antes lo hacían los míos en la suya, presionando mis músculos. Agarra mis caderas y me mueve a su antojo, me dejo llevar por un momento, pero me detengo, observo su reacción y poco a poco vuelvo a moverme, cada vez más deprisa, con movimientos casi circulares. Me avisa, me excita. Juntos, de nuevo, en esa conexión, nos abrazamos y nos quedamos dormidos, ambos sabiendo que las luces siguen parpadeando, pero ya no importa, nada más importa.

Me desvelo de vez en cuando durante toda la noche, a veces simplemente cambio de postura, otras me quedo despierta durante unos minutos porque no consigo volver a acomodarme. Una de esas últimas veces, me giro y le abrazo, él se gira y se coloca boca arriba ahora, me abrazo a su pecho cuando ha colocado su brazo izquierdo a mi alrededor. Su mano descansa en mi cadera. Elevo la cabeza y miro su cara, tan relajada, en paz. Sus labios son carnosos y están rodeados por una barba incipiente de varios días, pero le crece de manera desigual según se va alejando de la boca. Desde este punto de vista, observo sus orejas. Siempre me ha llamado la atención cómo no hay un par de orejas igual a otro, son como nuestras huellas dactilares, siempre distintas. Las suyas son simplemente perfectas, incluso mejor. No puedo dejar de mirar cómo la curva superior casi se convierte en punta, es una curva tan cerrada que cualquiera pensaría que este muchacho tiene algo mágico, algo que no tiene explicación. Esta peculiar forma de sus orejas me mantiene despierta durante un buen rato, mirando cada detalle, cada curva, cada resquicio hasta que, aún consciente, empiezo a soñar con lo que acaba derivando en una excursión a la Selva Negra, en la que, por supuesto, no faltan pequeños duendes que me guían hasta un lago por un camino muy amplio e iluminado. Allí me doy un baño. Mientras nado me doy cuenta de que hay algo en el fondo del lago que me atrae, me llama. Miro desde la superficie, hay una luz que parpadea, no puedo dejar de mirarla; se me escapa, tengo que llegar. Me acerco a la luz todo lo que puedo hasta que siento que mis pulmones arden. Sigo bajando, ya no puedo aguantar más, pero sigo y sigo y sigo…

Me despierto sobresaltada, sudando como si de verdad hubiera estado bajo el agua. Nota mi sobre salto y,sin decir nada, me atrae hacia sí con su brazo izquierdo, empujando mis caderas, se gira hasta que su rostro y el mío se encuentran, con su otro brazo me rodea y coloca su mano sobre mi cabeza, acariciando mi pelo. Mi respiración se va calmando poco a poco. Y lo último que recordaré al despertarme serán sus labios besando con ternura mi frente.